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Sugerencias para escribir
1. La
historia que conocemos es básicamente la historia escrita desde el Poder, que
hace hincapié en aquellos acontecimientos que más le convienen para su
perpetuación, silenciando o narrando a su manera aquellos que atentan
precisamente contra él. Constatamos en toda la historia de la humanidad que no
hay poder sin rebeldía.
Escribir pues la historia de las resistencias al
Poder, la historia de aquello que el Poder ha silenciado, ha aplastado, aquello
que no ha podido recuperar, aquella vida que a lo largo de los tiempos escapa a
su dominación. Todas las resistencias a esta dominación que encontramos ya en
Sumer, cuando en Erech el jefe del lugar osó decir a una anciana donde no debía
plantar las semillas, y al día siguiente aparecía muerto. O cuando en las
provincias más pobladas del centro y del sur de China, los T'aip'ing, con el
proyecto de construir una comunidad igualitaria, derrotaron a los ejércitos
imperiales durante trece años, desde 1851 hasta 1864. O cuando en la pampa
argentina cuatro mujeres prostitutas se negaron a tener relaciones sexuales con
los soldados que acababan de asesinar a los obreros de las estancias en las
huelgas de
2. La mitología progresista domina la historia escrita y quiere explicar,
en forma teleológica, la sucesión de los acontecimientos, disolviendo aquello
de singular que éstos contienen, y entendiendo la historia a partir de una
concepción acrítica de la idea del progreso, como un movimiento ascendente
hacia la modernidad, desde el hombre salvaje al hombre moderno o en versión
marxista (Engels) desde el comunismo primitivo al comunismo. Por el contrario,
se trata de anotar aquellos acontecimientos rebeldes en su rebeldía misma,
entender lo singular del acontecimiento sin disolverlo en su
valoración-utilización desde una perspectiva progresista.
La historia contada desde el poder es la historia
del progreso, que arranca precisamente con la burguesía, clase ascendente que
elabora la ideología del progreso, eliminando de su comprensión histórica todos
aquellos obstáculos (trabajo esclavo, todo aquello que hay de catastrófico y no
puede contarlo como natural…) que entorpecieran su concepción lineal
ascendente, con sentido hacia un fin. La burguesía confunde el progreso del
capital con el progreso de lo que de humano hay en la mujer y en el hombre,
llamando progreso a su progreso, a su guerra contra la humanidad. Esta
ideología progresista elaborada en los siglos XVIII y XIX por una clase en
ascenso y que las corrientes socialistas hicieron también suya, es hoy apenas
discutida. Aparte de la inagotable crítica de Nietzsche, sí hay, por el
contrario, una crítica reaccionaria, es decir hecha desde una exaltación del pasado,
a la ideología del progreso, que se hace a caballo de la crítica al mundo
moderno. Es la que encontramos por ejemplo en Bernanos, en La liberté
pourquoi faire, o
Nuestra crítica a la lectura progresista de la historia, hoy mayoritaria en lo que, simplificando, podríamos llamar la izquierda en un amplio abanico, desde el socialismo al anarquismo, no puede fundamentarse en el pasado sino en el futuro, futuro no utópico y que abre la historia a un por venir que no es mera proyección de la realidad actual. Se trata pues de salir de la ideología del progreso sin caer en la nostalgia de un pasado idílico.
3 Sin idealizar el pasado. También éste está atravesado por relaciones de poder. Nuestra lectura del pasado ha de criticar pues aquellas relaciones de poder, todo aquello que hay de sumisión, de alienación en las relaciones sociales que vemos establecidas. Sería una forma de superioridad, una forma encubierta de racismo dejar de criticar en las relaciones y formas del pasado aquellos aspectos y formas de alienación y sumisión que entre nosotros hoy no aceptamos y criticamos.
Por otra parte, no es fácil el acceso al pasado: los cambios de paradigma de una época a otra y el consecuente reconocimiento del error dado por verdadero, nos advierten de la dificultad del saber sobre el pasado. Tampoco es fácil acercarnos al pasado sin cargarlo de ideología, sin buscar en él lo que hoy nos falta de humanidad, en un paraiso perdido.
Como escribe Aubry citando a Wallerstein, rememorar el pasado es un acto social del presente. La “verdad cambia porque la realidad cambia. Es desde el presente, desde nuestra situación en el ahora que miramos el pasado. La ética es pues primera, va por delante: nuestra crítica práctica y teórica al poder marca nuestra lectura del pasado. Lectura que se hace pues desde el presente, un presente no cerrado en él mismo –como si lo que existe fuera todo lo que puede existir- sino abierto a lo posible, a lo posible en la historia, no más allá fuera de este mundo.
4. Esta Otra historia tampoco puede ser victimista. No se trata tanto de escribir la historia de la represión como la historia de la libertad, no es lamento sino afirmación de rebeldía y de dignidad.
Muchas veces al escribir contra
el poder y contra la historia narrada desde el poder escribimos sobre la
represión, sobre el dominio que el poder ha ejercido sobre hombres y mujeres,
sobre las instituciones que han ejercido este dominio, sobre el Estado que nos
somete. Al escribir
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